SÉ EL PROTAGONISTA DE TU PROPIA VIDA
- Luna del Alba Oscura

- 21 ene
- 6 Min. de lectura

Una vez, en mi terapia hace muchos años, mi psicóloga me dijo: “Tienes que empezar a actuar como la protagonista de la historia”. A ver que no entendía lo que trataba de decir, añadió: “No te comportas como la protagonista de tu vida, sino como la mejor amiga de la protagonista”.
Como varias de las cosas que se hablaron dentro del proceso de terapia, no comprendí en ese momento a qué se refería. Pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que realmente he pasado mi vida actuando como un personaje de reparto en mi propia historia.
Esas cosas no las notas hasta que alguien las señala y probablemente la mayoría de la gente ni siquiera nota esa dinámica retorcida. Lo aterrador es que sé como cuestión probada que no soy la única persona que ha caído en el patrón del personaje secundario, el personaje de apoyo, en su propia vida. Y, en mi opinión, se puede establecer una relación causal entre los problemas en la infancia y el desarrollo de una percepción distorcionada de tu papel en la vida.
Los Adultos Sobrevivientes como nosotros generalmente hemos estado expuestos a distintos niveles de violencia física, psicológica, sexual o emocional durante la etapa más sensible y vulnerable de nuestro desarrollo, es decir en la infancia. Algo que viene con las experiencias de Abuso Infantil es el hecho de que el niño desarrolla adaptaciones de supervivencia para evitar el daño al que ha estado sometido reiteradamente. En otras palabras, aprendemos a adaptar nuestro comportamiento para evitar molestar a los agresores, hacemos lo que creemos que evitará el siguiente ataque y, al mismo tiempo, interiorizamos la idea de que el abuso es una especie de castigo por algo que hemos hecho mal. En algún punto el peso de todo cae sobre nosotros: Provocamos al abusador, no fuimos lo suficientemente buenos, algo está fallando en nosotros y por eso no somos respetados ni amados.
Por supuesto, eso es una enorme mentira. La única persona culpable en casos de abuso es el agresor y nunca la víctima, un niño no provoca a un adulto, un niño no merece ser azotado por ninguna razón, un niño debería ser amado por principio y no debería tener que luchar por migajas de afecto de sus propios padres. Pero el hecho es que las experiencias de abuso alteraron nuestra forma de procesar experiencias y nuestra forma de interpretar las interacciones con otros seres humanos en un nivel tan básico que, en mi opinión, llega a afectar el desarrollo de la personalidad del sobreviviente y a tener efectos que pueden extenderse por toda la vida.
Así, como una de esas secuelas, aprendimos que tratar de complacer es una forma de evitar nuevas agresiones. Intentamos ser tan buenos como sea posible para no dar razones para un nuevo castigo, tratamos con todas nuestras fuerzas de no provocar a nadie, no llamar la atención, no llevar la contraria… Pensamos que ser perfectos hará que nos amen como siempre lo deseamos.
Y esa es otra gran mentira. Una mentira que nos lleva a portarnos como personajes de reparto en nuestra propia vida, siempre pendientes de ser útiles a otros, allanando el camino para quienes nos rodean, incapaces de decir ‘no’, de poner límites y de defender nuestro espacio personal. Nos convertimos en personajes de apoyo porque inconscientemente pensamos que esa es la manera más segura de sobrevivir y, tal vez, de ser aceptado y amados por otros.
La razón por la que quise hablar de esto hoy es que estoy en medio de ese despertar, acabo de comprender que he dedicado toda mi vida a satisfacer las necesidades de las personas con las que me relaciono. Siempre tratando de ser útil, siempre esforzándome por ser perfecta, siempre intentando no generar conflictos… suprimiendo mi verdadera personalidad y mis opiniones por temor al rechazo, al castigo que me enseñaron que vendría por hablar de más. Y de repente comprendí que todo mi esfuerzo ha sido un escalón para quienes me rodean, especialmente en mi círculo más cercano. Todo lo que he hecho ha servido para que sus vidas avancen, para que sean más felices, para que lleguen más lejos… mientras yo sigo en el mismo lugar y ni siquiera obtengo el menor agradecimiento, ni mucho menos afecto.
Creo que debería haberme sentido triste, tal vez lo estoy en algún nivel, pero lo que más siento es indignación y una imperiosa necesidad de reclamar el papel protagónico que me corresponde en mi propia vida. Me siento indignada también porque mi compañero de batalla (mi hermano más querido) ha vivido su vida exactamente en el mismo patrón de comportamiento. Ambos hemos sido herramientas convenientes para nuestros parientes, contribuyendo a sus logros y obligados a permanecer en las sombra, y descartados cuando hacemos algo que no les resulta agradable.
Sé que no somos el único caso, muchos sobrevivientes enfrentan su vida bajo ese patrón de complacencia y búsqueda de afecto sin darse cuenta. Siempre sintiéndose ajenos a su propia familia, siempre percibiendo que no son bienvenidos en su propia casa, pero siempre los primeros en ser llamados cuando hay una tarea que cumplir y un sacrificio que hacer. Dejando nuestras vidas de lado mientras construimos con nuestro sudor y sangre las vidas de quienes ni siquiera nos aprecian.
La cuestión es que el afecto no se mendiga, el amor no se gana por mérito. Es lo mismo con el odio, no necesitamos hacer nada para que alguien nos odie y una persona que no nos ama, no empezará a amarnos porque hagamos todo lo posible para agradarle.
La tercer gran mentira es, para mi, que los lazos de sangre implican automáticamente lazos emocionales: El amor paternal o maternal no es una regla, hay padres que no quieren a sus hijos, y padres que solo quieren a algunos de sus hijos. No es que los hijos no amados no merezcan ese amor,porque todo niño merece ser amado solo por el hecho de haber nacido y es injusto que un niño tenga que luchar por el amor que debería recibir como todos los demás. Si el amor paternal o maternal fuera un instinto, no habría padres que lastimen a sus hijos y no habría hijos luchando por migajas de amor.
Pero no se trata de hundirse en el malestar. Nunca es tarde para reclamar nuestras vidas y comenzar a vivir por nosotros mismos, el mejor momento para reclamar nuestro papel protagónico y para luchar por lo que queremos es ahora. No podemos controlar lo que hacen o sienten los demás, solo podemos controlar cómo enfrentamos las situaciones y cómo respondemos a las acciones de otros.
Lo primero es preguntarte, ¿son recíprocos los esfuerzos y los sentimientos? Piénsalo como una inversión, ¿está produciendo algún beneficio para ti todo lo que haces por las personas de tu entorno inmediato? ¿Cuánto de tu esfuerzo y de tu tiempo se invierte para mejorar la vida de otros? ¿Cuánto tiempo y esfuerzo inviertes en ti mismo y en tu vida? ¿Las personas a las que intentas complacer valoran lo que haces? ¿Tus sentimientos son respetados y correspondidos? ¿Cuánto de lo que haces día a día es por iniciativa e interés propio y cuánto es por complacer a otros?
Puedes intentar responder a esas preguntas por escrito, sin pensar demasiado antes de responder. Hazlo tan automático como puedas, sin reflexionar y sin editar tus pensamientos. Pon en el papel los pensamientos exactos que tienes, sin filtro y sin suavizar nada. Luego, vuelve a leer lo que escribiste y date la oportunidad de ver lo que tal vez has intentado ignorar por el bien de relaciones personales que cuestan más de lo que benefician.
Lo que me gustaría dejarte como mensaje es que te ames primero a ti, que te priorices y que hagas de tu bienestar lo más importante en tu vida. Yo estoy en el camino de hacerlo, dejando de intercambiar esfuerzo por aceptación y dignidad por afecto. Comienza a poner límites, di ‘no’ cuando lo desees, no te pongas encima cargas que no son tuyas y no persigas una aceptación que no va a llegar. Si tu familia no te quiere y no te aprecia, si no te protegen y te ayudan a salir adelante, toma decisiones que te pongan en un lugar mejor. Recuerda que las familias no se definen solo por relaciones genéticas, puedes elegir renunciar a una expectativa de amor familiar que no se ha cumplido a pesar de tus esfuerzos y optar por construir una familia verdadera basada en lazos de afecto y confianza, aunque sea con personas con las que no tienes ninguna relación de sangre.
La primera persona que debe amarte eres tú y, después de que lo hagas realmente, otros vendrán y te amaran por lo que eres, sin negociaciones, sin condiciones y sin sacrificios unilaterales. El amor de verdad construye y hace crecer, los sentimientos sinceros no necesitan una lista infinita de razones. Deja de lado los condicionamientos aprendidos y empieza a ser el protagonista de tu propia vida.




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